miércoles, 14 de septiembre de 2011

Mirada al cineasta chino Zhang Yimou

 ZHANG YIMOU 1999

Zhang Yimou es en la actualidad uno de los más grandes prestigios del cine asiático que muy rara vez llega a nuestras carteleras. Un cine que debemos visionar en cines en versión original, cine clubs o DVDs en mi caso por carecer de acceso a estas películas en pantalla grande. Desde que ví Sorgo Rojo en Madrid mientras rodaba La Grieta me quedé hipnotizado con sus bellas imágenes, Gong Li pasó a convertirse en una de mis musas predilectas y Yimou en uno de mis autores predilectos.
El tandem Yimou-Li repitió en varias películas más tras romperse en 1995 con La Joya de Shanghai, película que en su día fue poco valorada pero que para mí es uno de sus más brillantes títulos.  Entonces perdí la pista a Yimou pero no a la actriz que apareció en otras obras maestras como Adiós a mi concubina de otro gran autor, Chen Kaige y producciones internacionales.
Tiempo después, al aparecer el DVD pude adquirir una trilogía espectacular como Hero, La casa de las dagas voladoras y La maldición de la flor dorada. Son películas de sable de diferente estilo que adquirieron éxito comercial en todas partes aunque, como siempre, en mi ciudad nos quedamos a dos velas porque sólo interesan las producciones de las multinacionales. De esa trilogía mi preferida es la tercera, en la que reaparece su musa Gong Li en el papel de emperatriz. Un cine distinto que para mí es inferior al gran Yimou de sus primeros años.
Entre ambas tendencias están una serie de películas que rodó sin su actriz fetiche, menos conocidas pero que suponen una investigación de nuevos terrenos narrativos.

 
Ni uno menos
Mantén la calma (1997)  es una incursión en el mundo de la comedia, pero estamos muy lejos del cineasta que fue en sus anteriores títulos. Nos decepcionó a todos porque carecía de gracia, era larga y tediosa. Nos hizo temer que el cineasta chino había perdido el norte, pero dos años después nos ofreció dos joyas de las que vamos a tratar a continuación.
Ni uno menos, cuenta con actores no profesionales que por cierto sus personajes llevan el mismo nombre que sus intérpretes.  Las obras anteriores del gran Yimou habían padecido graves problemas con la censura china maoísta e incluso prohibiciones de sus guiones, porque estaban alejadas de la doctrina oficial. En esta ocasión nos encontramos con una mirada sorprendente al mundo rural, abandonado y miserable con un estilo que tiene reminiscencias del neorealismo italiano y la Nouvelle Vague francesa. Yimou utiliza la cámara en mano, que en el título anterior resultaba agobiante, pero que aqui le da más fuerza a la epopeya de una niña de 13 años que a pesar de su escasa cultura debe hacerse con una escuela rural al tener que sustituir al maestro por baja forzada. 
A pesar de las reticencias su labor es todo un éxito y meritoria. Un alumno debe marcharse a la ciudad por carecer de medios para pagar la escuela y ganar dinero para su madre. La maestra le buscará en una epopeya admirable. 
El tema de la mujer fuerte vuelve aparecer una vez más en la filmografía de Yimou, su estilo visual vuelve a fascinar. No estamos ante una tragedia, como en sus primeros títulos con Gong Li, pero sí ante un relato repleto de vigor y sensibilidad. 
Asimismo es una denuncia al postmaoísmo, un modelo terrible de economía neocapitalista que ha convertido a la República Popular de China en un país emergente capaz de rivalizar con los ultracapitalistas Estados Unidos y Japón pero que bajo la fachada opulenta muestra la cruda faz de marginación y pobreza.

El camino a casa
En el mismo año rodó este título, algo similar al anterior, porque también está centrado en un mundo rural, abandonado, olvidado. Camino a casa es ante todo una historia de amor entre una campesina analfabeta y un joven maestro de la ciudad que al carecer de salida profesional termina ejerciendo en una solitaria aldea.
Conocemos sus particulares costumbres, sus tradiciones, sus supersticiones. El camino a casa a pesar de contar unos escenarios que sobre el papel son poco atractivos consigue fascinar por la belleza de su fotografía y por la mirada de la nueva musa del cine chino, Zhang Ziyi, cuya dulce mirada protagonizó Tigre y Dragón, Memorias de una Geisha y Hero entre otras.
Yimou, director de la Quinta Generación de cineastas chinos, que comenzó su carrera tras la Revolución Cultural maoísta, vuelve a brillar en estos dos títulos aquí tratados. Me quedo con Vivir (1994), para mí su mejor película, pero este díptico rural me resulta superior a las grandes producciones que le sucedieron. Esos relatos de emperadores no gozan de gran simpatía pese a que el estilo visual de Yimou siempre brilla a gran altura.




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