sábado, 18 de agosto de 2007

Desmitos de Cataluña

ALFONSO II DE ARAGÓN
(EL CASTO)

Os presentamos al monarca Alfons el Cast, rey que regía los destinos de la corona catalano-aragonesa (en realidad fue corona aragonesa, eso que he dicho antes lo escriben nuestros nacionalistas para justificar su visión deformada de la historia) en la época descrita en mi novela del conde Estruch.
Si estuviéramos en un país libre diríamos que es el primer vampiro de la historia pero decir eso en la Nazipedia está prohibido y los inquisidores lo borran. En la catalana a base de inquisidores anónimos y cobardes que se escudan en el anonimato para manipular la información de los demás. en la española la censura es descarada, ejercida por personajes que dan una perfecta muestra de alienación intelectual.
Pero no vamos hablar ahora de ese desagradable asunto. Os presentamos a un monarca, que como todos los monarcas (salvo honrosas excepciones) fueron nefastos para su pueblo. Para agrandar nuestra Cataluña, metiendo en ella a pueblos que no lo deseaban, organizó una guerra en tierras provenzales para anexionarse Occitania.
Durante todo su reinado las guerras fueron continuas. Los pobres catalanes que la padecieron debían sacrificar la vida de sus hijos y rascarse el bolsillo para financiar sus campañas bélicas que, según nuestros actuales politicastros, era por nuestro bien, en realidad para aumentar sus privilegios y las ambiciones egoístas de la nobleza.
Entre otras cosas, su política peninsular consistía en nuevas guerras para anexionarse Navarra. Lo que pensaban los navarros le importaba un bledo, más guerras y por ambos bandos los pobres súbditos sacrificados como borregos y expoliados de su patrimonio para financiar las contiendas. Muy rentable debía ser el negocio de la guerra en aquel tiempo.
Naturalmente se fomentaba el odio entre pueblos, los demás son los malos y nosotros somos los buenos según su simplista filosofía, muy rentable para sus intereses.
En abril de 1196, Alfonso nos hizo un gran favor. Dejarnos e irse al otro mundo. Nosotros no sabemos si tras el óbito nos vamos al cielo o a la nada. Como no tenemos pruebas de lo que ocurre detrás de la muerte nos callamos. Pero irse al cielo un personaje que ha dedicado su vida a causar dolor al prójimo, tratando al pueblo como si fuera ganado de su propia propiedad, sería toda una incongruencia.
Pues como sólo interesaban sus privilegios y sus intereses privados, repartió su reinado entre sus dos hijos, Pedro II, llamado el Católico, se quedó con la corona de Aragón. Alfonso la Provenza y la parte del actual sur francés, territorios ambicionados por los monarcas franceses cuya única semejanza con la presente dinastía era su ruindad.
Años después vinieron más guerras para defender privilegios de los nobles (?), de sus monarcas, y naturalmente muerte, destrucción, hambre, miseria.
Esos son las grandes personajes que debemos estudiar por obligación en las escuelas, personajes nefastos que son santificados por unos historiadores mercenarios al servicio de los actuales políticos que intentan así justificar sus desacatos actuales. Luego, como siempre, la culpa es de los demás, de la manía que nos tienen.
En un chat trabé una gran amistad con una limeña, su hija estudiaba en el Liceo francés. La imagen que daban de Cataluña era desastrosa, como si fuéramos un pueblo con complejo de superioridad, que nos creemos una raza superior, como los alemanes hitlerianos.
El profesor no era español, era francés de Perpiñán. Era la tierra que sufrió mucho por culpa de las ambiciones desmesuradas de esos nobles egoístas y crueles.
Y es el daño que hacemos (no nosotros, sino una casta de desaprensivos que ha cometido aberraciones en nuestro nombre) lo que a lo largo de los siglos va provocando odios entre pueblos.
Nuestra culpa es no desenmascararlos, no ponerles de una vez en su lugar.
Los auténticos vampiros no son esos seres de ficción como el conde Estruch o el conde Drácula, ni la condesa Bathory. Los auténticos vampiros han sido esta casta de indeseables, de chorizos sin escrúpulos, que han dedicado su vida a destrozar la de los demás. En vez de ayudar a su pueblo para que prospere, tenga más bienestar, mejor cultura, lo mantiene en la ignorancia, lo manipula, le roba los impuestos y sacrifica la vida de sus hijos en guerras cuya única función es aumentar sus riquezas no importando cómo conseguirlas.
No nos dejemos arrastrar por esos políticos actuales que justifican toda su aberración, que basa su política en crear artificialmente odios entre pueblos, entre culturas, entre idiomas, y es urgente rectificar, dejar de manipular la historia que se enseña en los colegios para justificar privilegios y crear, crear una nueva forma de ver el mundo basado en la hermandad, en el amor a nuestros semejantes, en saber comprender a quien es diferente y en ayudar a quien lo necesita.
El comunismo fracasó por utilizar los mismos métodos de los anteriores verdugos del pueblo, la Revolución francesa también se corrompió al igual que la mexicana. Tal vez porque lo que necesitamos sea otra forma de crear cambios sin recurrir ni al odio ni a la violencia.

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